Perros

Miró el hocico del perro, luego sus ojos. Eran negros, redondos como una bola de billar. Frunció el ceño y dejó ir un susurro lleno de desprecio por aquella bestia. Siempre los había odiado.

Seres de segunda... – decía

Conforme iban pasando los días, con esfuerzo, consiguió acostumbrarse a mostrar cierta tolerancia por aquella cosa. No obstante, le repugnaba la idea de acariciar algo así. Finalmente, la repugnancia se convirtió en cansancio. No quiso mirarlo más, y arrojó el espejo al suelo.