Pasado

Ayer hablé en pasado de lo que había sido hasta entonces mi presente. Duele como mil puñales clavados, y las lágrimas caen solas sin ayuda de nadie. Es el dolor del recuerdo y, también, el dolor por una mala rutina que reinó con alevosía. No lo entiendo. Pero jamás podré decir que me arrepiento de nada. Los capítulos buenos también deben acabar.